La política mexicana parece adicta a la ocurrencia. En lugar de fortalecer instituciones, se les manipula para obtener ventajas inmediatas. Olvidamos que el verdadero poder no está en atragantarse de plebiscitos, sino en saber aguantarse el hambre de control, vaya, tener ese autocontrol es la mejor forma en la que un poderoso puede respetar a su democracia. La autocontención es la virtud que genera precedentes duraderos.

La revocación de mandato, usada como ratificación, es un error histórico. No porque lo impulse Claudia Sheinbaum o lo haya promovido López Obrador, sino porque traiciona el diseño original de la democracia participativa. Convertirla en espectáculo electoral es sembrar inestabilidad y en política, los problemas que se fabrican suelen multiplicarse.

Aquí unos datos:

La trampa de la “participación”

La revocación nació como un freno de emergencia: un recurso excepcional para destituir a un gobernante que ha perdido legitimidad. Hoy se usa como ratificación disfrazada, una especie de plebiscito que busca blindar al partido en el poder bajo la sombra presidencial.

Empatarla con elecciones intermedias garantiza superar el umbral del 40% de participación, lo que convierte el ejercicio en vinculante y, por tanto, en un arma política.

El riesgo de contaminar la democracia

La ley original prohibía coincidir con elecciones para evitar que el ejercicio se mezclara con campañas, dinero y propaganda. Al modificar esa regla, se abre la puerta a la manipulación electoral: la figura presidencial en la boleta arrastra votos, moviliza estructuras y desbalancea la competencia.

Lo que debería ser un mecanismo de rendición de cuentas se convierte en una fábrica de problemas.

La oposición: del letargo a la oportunidad

La oposición mexicana atraviesa un momento de debilidad y dispersión. Colocar la presidencia en la boleta intermedia les da una causa clara para movilizarse, un pretexto para salir del letargo.

Paradójicamente, el oficialismo estaría reviviendo a sus adversarios con una medida que buscaba consolidar su poder.

La aritmética peligrosa

En 2022, el ejercicio de revocación de López Obrador apenas alcanzó 17.78% de participación, muy lejos del 40% requerido. Empatarlo con elecciones intermedias asegura superar ese umbral, pero a costa de desvirtuar el espíritu democrático.

Se convierte en una especie de ruleta rusa institucional: un riesgo innecesario que puede desestabilizar al sistema completo.