Si en realidad la clase política de oposición respetara la memoria de Carlos Manzo, no usaría un simbólico sombrero ensangrentado mientras los familiares e hijos siguen llorando su pérdida. Esa voracidad política los condena al destierro y al olvido. Los convierte en lo peor que han engendrado sus respectivos partidos políticos.

Tal y como lo hemos visto, en México, la tragedia suele tener voceros antes que dolientes. La muerte del alcalde Carlos Manzo, en lugar de provocar silencio, respeto o una pausa para la reflexión, ha detonado la maquinaria de siempre: la de los discursos, los tuits oportunistas y los spots disfrazados de condolencia. Es el mismo guion que hemos visto tantas veces — porque la crítica también va desde Ayotzinapa hasta Tijuana, de Colima a Oaxaca—, donde el dolor se convierte en capital político y la empatía en estrategia electoral.

Este asunto no es solo de una falta de ética; también es un reflejo de cómo la clase política mexicana ha perdido el sentido del pudor. La muerte, que debería ser un límite moral, se usa como trampolín campañero y una gran oportunidad para las agendas opositoras. Los mismos que no atendieron los problemas de inseguridad, corrupción e impunidad durante sus gestiones son los que hoy exigen justicia con micrófono y teléfono en mano. ¿De verdad creen que el pueblo no nota la contradicción?

Pero lo que sigue es casi un ritual: velorios convertidos en foros, funerales transmitidos en vivo, declaraciones huecas que repiten “no quedará impune”, sabiendo que, estamos casi seguros, quedará impune. Lo grave no es solo la muerte, sino el modo en que se trivializa, en que se usa para señalar al contrario y no para revisar el origen del mal. Porque el problema no es solo quién mató al alcalde de Uruapan, sino qué lo permitió: la corrupción enquistada, la indiferencia burocrática, el distanciamiento entre políticos y las calles prestadas a cualquiera que por cincuenta mil pesos le quite la vida a alguien.

Y ahí está el punto que muchos eluden: lucrar con la muerte es también una forma de violencia. Es usar el dolor ajeno como argumento, la tragedia como voto. Lo hizo el viejo régimen cuando hablaba de mártires revolucionarios; lo hace el nuevo cuando promete justicia en cada tuit. En ambos casos, el resultado es el mismo: nada cambia, todo parece estar igual.

Discernir es la tarea. No creer en quien grita más fuerte, sino en quien demuestra con hechos. No seguir a quien llora frente a cámaras, sino a quien construye soluciones cuando se apagan los reflectores. El México que honra de verdad a sus muertos es aquel que evita más muertes, no el que las convierte en espectáculo.

Lucrar con la muerte de Carlos Manzo no honra su memoria; la profana. Convierte su legado potencial en un arma arrojadiza y nos distrae del verdadero meollo del asunto: la imperiosa necesidad de una política adulta, responsable y alejada del circo mediático. No caigamos en la trampa. Exijamos más. Se lo debemos a su memoria y, sobre todo, nos lo debemos a nosotros mismos.