En el corazón calcinante de la Comarca Lagunera —esa frontera invisible entre el polvo, el sudor y la esperanza— nació una historia que pocos creyeron posible: la de un equipo que transformó la aridez del desierto en una fábrica de sueños. El Club Santos Laguna no solo es fútbol; es identidad, resistencia y orgullo. Su lema, “Poco tiempo, mucha historia”, no es una frase publicitaria: es una verdad tallada en cantera y césped.
Del IMSS al corazón del norte
Todo comenzó en 1982, cuando un modesto club de Segunda División, los Tuberos de Veracruz, fue absorbido por el IMSS y trasladado a Tlaxcala. Pero el destino tenía otros planes. En 1983, el proyecto se mudó a Torreón, una tierra que vivía el fútbol con hambre y pasión.
El 4 de septiembre de 1983, el equipo debutó bajo el nombre Santos IMSS Laguna, venciendo 2-0 a Bachilleres de Jalisco con goles de Leobardo “Nono” Ávalos y José Luis “Puma” Rodríguez. Apenas un año después, bajo Fernando Zamora, el club ascendió de la Segunda “B”, y con el empresario Salvador Necochea Sagui al mando, adquirió su identidad definitiva: Club Santos Laguna. El apodo de “Guerreros”, acuñado por la prensa local, se convirtió en destino. En una región donde sobrevivir ya era un deporte, la metáfora era perfecta.
La casa del dolor ajeno
Antes de las luces del Territorio Santos Modelo, existió un templo más modesto pero igualmente sagrado: el viejo Estadio Corona, inaugurado en 1970. Ahí se fraguó la mística santista. Rubén Maturano, técnico en 1986, lo rebautizó como “La Casa del Dolor Ajeno”, un nombre que pronto infundió miedo a los rivales y orgullo a los laguneros.El Corona no era solo cemento, era polvo, sudor y promesa.
Desde los ochenta, caravanas enteras cruzaban los 40 kilómetros entre Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, tres ciudades que aprendieron a unirse detrás de un balón. En 1994 estalló la Santosmanía. Una victoria sobre Atlas desató cánticos, fiestas, y hasta gritos políticos: “¡Adomaitis para presidente!” Y con el tiempo, nació un grito que hoy retumba en cada tribuna: “Un guerrero nunca muere.”
Los títulos que alumbraron el desierto
En 1996, Alfredo Tena llevó al club a su primera gloria: Santos venció al poderoso Necaxa en una final épica. Luego vendrían más estrellas: 2001, 2008, 2012, 2015 y 2018. Seis ligas, una Copa MX y un Campeón de Campeones después, Santos consolidó su nombre entre los grandes.
No era solo fútbol: era dignidad para una región golpeada por la sequía y el olvido. Sus héroes —Jared Borgetti, Oribe Peralta, Christian Benítez— se convirtieron en estatuas vivas del esfuerzo. Borgetti, con sus 189 goles, es hoy leyenda absoluta.
El Territorio Santos Modelo: modernidad en medio del polvo
En 2009, con Alejandro Irarragorri y Orlegi Sports, se inauguró el Territorio Santos Modelo (TSM). Más que un estadio, es un complejo deportivo y social con 30 mil asientos, canchas, hotel, academia y hasta paneles solares.Desde entonces, ha albergado nueve finales, de las cuales cuatro se pintaron de verde y blanco. “El TSM no es solo un estadio; es un símbolo de unión y progreso”, dice la gente. Y tienen razón: el club se volvió motor económico y emocional de toda la región.
El legado de los Guerreros
Santos Laguna es, hoy, una institución con estructura, cantera y visión. Su equipo femenil, fundado en 2017, ya es referente de la Liga MX Femenil. En 2025, pelea por el play-in con una nueva generación que mantiene vivo el espíritu de los primeros Guerreros.
Cada título, cada derrota, cada cántico, ha tejido una historia que va más allá de los goles. Santos es el retrato de una región que se levanta, aunque la vida la tumbe. En los estadios, en los bares, en las calles polvorientas, su bandera ondea con un orgullo que no se compra ni se vende.
Cuando el fútbol es cultura
Más que un club, Santos es una manera de entender el desierto: con lucha, unión y fe. En un país donde la política divide, el balón une. Santos Laguna no solo ha ganado títulos; ha moldeado generaciones, educado valores y recordado que del polvo también se pueden hacer coronas. Porque en la Comarca Lagunera —entre el sol, el sudor y la esperanza— hay una verdad que nunca se oxida: “Santos es la forma en que el desierto aprendió a soñar”.



