Entre más viejos nos hacemos, se recrudece la frase “qué pronto pasa el tiempo” y, sin duda, pasa aún más rápido cuando se detenta un poder. Claudia Sheinbaum está por entrar a su tercer año de gobierno con dos palabras que, juntas, parecen sencillas, pero esconden, hasta ahora, las razones por las que debe seguir lidiando con lo que le tocó gobernar, les hablo de la corrupción y la economía actual. El combate a la primera y el impulso de la segunda serán, según el diagnóstico de su gobierno, las grandes prioridades de una etapa en la que la presidenta llega con una autoridad política considerable, pero también con varios asuntos pendientes que ya no pueden resolverse con discursos ni llamados a la unidad partidaria.
Y es justo el tercer año en el que se sabe que la luna de miel ha concluido y que los desgastes empiezan a desarrollarse con mayor velocidad, incluso cuando la aprobación presidencial permanezca alta.
Me considero acérrimo enemigo de las encuestas políticas de aprobación que los políticos hacen mes con mes porque 1) a nadie le importan y 2) se convierten en mera propaganda política al generalizar los trabajos de un gobernante. No por ello pierden cierta esencia, que es la de saber qué legitimidad tendrán en un futuro (siempre y cuando la encuesta sea real y bien hecha).
Sheinbaum llega fuerte. Las encuestas recientes la sitúan todavía con niveles de aprobación cercanos al 70% entre los mexicanos. Eso es un capital político extraordinario, pero el capital político, como el dinero, se puede invertir, apostar, gastar e incluso malgastar. Y claro, si no se convierte en resultados, termina evaporándose. Como ese billete de 500 que no querías cambiar.
Los dos primeros años de la presidenta han sido peculiares. Ha mantenido buena parte de la arquitectura política heredada de Andrés Manuel López Obrador, pero al mismo tiempo ha comenzado a construir una forma propia de ejercer el poder. El episodio con Rubén Rocha en Sinaloa fue quizá la demostración más reciente; recordemos al gobernador con licencia obligada por presiones gringas que intentó regresar al cargo sin el consentimiento presidencial y terminó nuevamente con licencia indefinida (porque el poder de los gobernadores parece infinito), mientras Morena cerraba filas alrededor de Claudia Sheinbaum.
Eso fue una muestra de autoridad; lo complicado será evolucionar de autoridad a gobierno. Porque combatir la corrupción no consiste solamente en descubrir a los corruptos del pasado o de “los de enfrente”. Esa tarea es políticamente rentable y hasta cómoda, todos podemos indignarnos con García Luna, con los contratos inflados de otros sexenios o con las fortunas inexplicables de funcionarios que ya no ocupan el poder. La verdadera prueba comienza cuando la corrupción aparece en casa, justo en los lugares menos esperados. Es ahí donde el gobierno debe ejercerse sin tibiezas.
El huachicol fiscal, por ejemplo, ha dejado de ser una historia de simples contrabandistas para convertirse en una trama donde aparecen empresarios, funcionarios y miembros de instituciones de seguridad. El problema ya no es solamente cuánto combustible se roba, sino cuántas complicidades permiten que una operación de semejante magnitud funcione durante tanto tiempo y sin esclarecerse nada. Ahí es donde la retórica anticorrupción necesita convertirse en investigaciones, procesos judiciales, recuperación de los daños y que los responsables enfrenten consecuencias.
Porque si el mensaje es que la corrupción es mala siempre que la cometan los adversarios, no estamos frente a una transformación. Estamos en un mero cambio de administración. La presidenta ha dicho que la Cuarta Transformación llegó para eliminar corrupción y privilegios, y que esos ahorros permiten financiar programas sociales. La premisa me encanta porque es políticamente poderosa, pero precisamente por eso se exigen resultados más contundentes.
El ciudadano no quiere solamente saber que se recuperaron millones. Queremos saber quién los robó. Quién lo permitió. Quién firmó. Quién recibió y, sobre todo, quién va a pagar. Ese es el punto donde una política anticorrupción deja de ser propaganda y se convierte en Estado.
Ahora pasémonos por el lado de la economía.México tiene fortalezas enormes, una posición privilegiada frente a Estados Unidos, el mentado nearshoring, una industria exportadora con verdadero peso internacional, mano de obra competitiva y una oportunidad histórica para atraer inversiones que buscan reducir la dependencia de otras naciones. El llamado Plan México intenta precisamente aprovechar esa ventana para impulsar infraestructura, producción nacional e inversión, pero la oportunidad no garantiza el resultado. El dinero no llega solamente porque un gobierno anuncie un plan. Ojalá fuera así de sencillo.
Los empresarios necesitan certeza, los trabajadores empleos mejor pagados, las PYMES créditos, las regiones infraestructura y México necesita energía, agua, carreteras, puertos, ferrocarriles y seguridad.
Aquí aparece una palabra que quizá no guste demasiado en Palacio Nacional: confianza y sin ella el crecimiento se vuelve frágil y efímero. La confianza no se puede decretar en el Diario Oficial, esa se construye con reglas claras. La economía mexicana tiene además una restricción que el discurso político suele esquivar frecuentemente y es que las finanzas públicas no son infinitas. El gobierno enfrenta presiones presupuestarias, necesidades crecientes de inversión y un espacio fiscal limitado. El propio análisis sobre el tercer año de Sheinbaum señala la ausencia de una reforma fiscal estructural como una de las grandes interrogantes de la estrategia económica.
Y ¿cómo se va a pagar todo esto? La pregunta es genuina ya que sabemos que no existe presupuesto para todo. No se puede tener simultáneamente un Estado austero, enormes programas sociales, grandes proyectos de infraestructura, más inversión en seguridad, mejores servicios públicos y crecimiento acelerado sin decidir de dónde salen los recursos.La aritmética siempre termina pasando la factura.
Sheinbaum enfrenta además otro detalle, el 2027. Las elecciones intermedias se acercan y Morena ya comienza a vivir las consecuencias naturales de cualquier partido que se sabe poderoso. Aparecen los aspirantes, las tribus, las encuestas, los adelantados y las pequeñas guerras internas por las candidaturas. La propia dirigencia morenista ha tenido que insistir en que ninguna candidatura debe estar por encima de la estabilidad del país. Ojalá fuera así.
Sheinbaum tiene todavía cuatro años por delante, pero el tercer año será decisivo porque las promesas comienzan a transformarse en resultados y los resultados, tarde o temprano, terminan hablando por sí mismos.
La presidenta llega fuerte. Ahora tendrá que demostrar que también puede dejar un país más fuerte en todos los sentidos y para eso tendrá que enfrentar algo mucho más difícil que la enclenque oposición, que es la realidad. Ese será el verdadero examen del tercer año. No si Claudia Sheinbaum tiene poder, eso ya lo sabemos, la pregunta es qué hará con él.


