Partiendo del punto de que un artista es todo aquel que hace arte y no de ese concepto chafísima que confunde al artista con todo aquel que pertenece a la farándula, repregunto, ¿es Bad Bunny un artista?
De entrada, ¿qué es el arte? Históricamente, cada época ha dado su propia respuesta. Para los clásicos, el arte era mímesis, la imitación idealizada de la naturaleza. Un buen escultor griego, por ejemplo, no copiaba un cuerpo, sino que extraía de la piedra la forma perfecta que la naturaleza solo insinuaba.
Luego, con el Romanticismo, la brújula giró del mundo exterior al interior del artista. El arte se convirtió en expresión, en el grito del alma, el vehículo de las pasiones, el sufrimiento y el genio individual. No importaba tanto la perfección de la forma como la autenticidad del sentimiento.
En el siglo XX, todo se quebró. Marcel Duchamp tomó un urinario, lo firmó y lo declaró arte. Con ese acto de irreverencia, nos enseñó que el arte no reside necesariamente en el objeto, sino en el concepto y en el contexto. Que es la idea y la mirada del espectador lo que consagra la obra. Ese bato se burlaba de sus contemporáneos haciendo teoría.
¿Entonces? ¿Qué nos queda hoy, en este siglo XXI sin certezas?
Podríamos decir que el arte es un diálogo eterno entre la mano que crea y el ojo que contempla. Es un lenguaje sin palabras que nos permite hablar de lo sublime y de lo grotesco, de la belleza y de la miseria. Es la forma que tiene la humanidad de preguntarse a sí misma quién es, de qué está hecha y hacia dónde va.
Es, en el fondo, la huella de nuestra humanidad. La prueba de que necesitamos ir más allá de la mera supervivencia, de que tenemos la imperiosa necesidad de crear sentido, de buscar la belleza en el caos y de dejar una marca que diga: “Aquí estuvimos, esto sentimos, esto fuimos capaces de imaginar”.
Por eso, tal vez la única definición que resiste es la más elástica: el arte es todo aquello que, creado por el hombre, nos conmueve, nos incomoda, nos interroga o nos transforma. Es un espejo que refleja no solo lo que somos, sino todo lo que podríamos llegar a ser.
Bad Bunny, sin duda, es uno de los artistas más relevantes de nuestro tiempo. No un artista a pesar del reguetón, sino precisamente porque ha usado el reguetón como un lienzo para pintar el retrato complejo, contradictorio y vibrante de una generación. Ha tomado un género comúnmente menospreciado por la élite cultural y lo ha cargado de intención, de política y de una estética transgresora que desafía todo purismo. Y vaya que hacerlo en estos tiempos donde Trump se ha vuelto el gran hermano del mundo lo vuelve aún más épico.
Quien diga que su música es solo para bailar, no ha escuchado con atención. Bad Bunny ha convertido sus canciones en manifiestos políticos. En “El Apagón”, el video no es solo una celebración de la cultura puertorriqueña, es una denuncia contra la gentrificación, el colonialismo y los apagones. La canción termina con un grito: “¡Que se vayan los colonos!”. No es sutil, es una protesta hecha y derecha desde su trinchera.
En “Solo de Mí”, habla de la independencia emocional y la superación de relaciones tóxicas con una crudeza que resuena como un himno feminista. En “Yo Perreo Sola”, la idea es poderosa: la mujer baila para sí misma, no para la mirada masculina. Llevó un coro de mujeres trans al escenario más visto del mundo en el Grammy, normalizando su existencia en un gesto más elocuente que cualquier discurso político.
Su arte no está solo en la música, sino en el gesto total. Se pone una falda, pinta sus uñas, se deja el pelo largo y se lo tiñe de rosa. Después de décadas de la hipermasculinización del reguetón, este acto es profundamente subversivo. No es una estrategia de marketing; es la encarnación de una nueva masculinidad, fluida y libre. Desarma, con su sola presencia, los códigos machistas que por décadas rigieron el género.
¿Genera polémica? Por supuesto. Lo acusan de “corromper a la juventud”, el mismo cargo que se le imputó a Elvis Presley, a los Beatles y al mismísimo Sócrates. La polémica es el síntoma de que su arte está cumpliendo su función: cuestionar el orden establecido.
¿Es un producto del capitalismo? También. Su éxito comercial es arrollador. Pero aquí está la paradoja genuina del arte contemporáneo: usa la maquinaria del sistema para transmitir mensajes que, a menudo, son antagónicos a ese mismo sistema. Vende millones criticando al capitalismo que lo enriquece. ¿Es hipocresía o es la complejidad inherente a crear en el siglo XXI?
En fin, Bad Bunny es el artista que esta era merece (y lo digo en buena lid): un fenómeno de masas que no le teme a la controversia, un creador que entiende que en el mundo moderno la política no solo se hace en el mitin, sino en las pistas de baile, los escenarios, los estadios. Puede que no guste, pero no se puede ignorar. Su obra es esa mímesis de las batallas identitarias, la rabia anticolonial y la búsqueda de libertad de una generación. Y eso, querámoslo o no, es hacer arte.



