No sé si hayas notado que los mercaditos de los políticos también afectan la economía de cada colonia que visitan. Y viendo los despidos recurrentes en las industrias esto lo vuelve un poco más latente.
Directamente se perjudican los comercios que ya de por sí llevan años sobreviviendo al “libre mercado” de las grandes corporaciones como lo son las casi extintas tienditas de la esquina, fruterías y misceláneas.
La batalla por ver quién pone el mejor mercadito y subir la foto o video más entrañable a su Instagram hace de este fenómeno parezca una buena idea y se torne recurrente.
La lucha con esta estrategia asistencialista solo es un tema aéreo y efímero. Ese contacto popular no es más que un mero rush campañero que la clase política utiliza para “calentar motores”. El que un usuario vaya y consuma del producto de manera constante (o no) no vuelve militante ni simpatizante a nadie que ya esté empadronado, es más, se sabe que dentro de esta estrategia se mandan estructuras para acabar con los productos de la competencia y así limitar el alcance.
La política no se mide en toldos, canastas de fruta o tapas de huevo, sino en la capacidad de transformar realidades. Esas que están justo en las narices de nuestro círculo rojo.
Hacer política va más allá de ir y copiar el examen al de enfrente, también parte de la empatía de que cualquier decisión que tome repercute en la vida cotidiana de quienes sostienen la economía local. Porque al final, como decía José Martí, “la política es el arte de inventar un recurso a cada nuevo recurso de los contrarios”, y ese arte no se ejerce con ferias pasajeras, sino con justicia duradera.
La verdadera batalla no está en quién monta el mercadito más vistoso, sino en quién se atreve a defender a las tienditas, fruterías y misceláneas que son el pulso de cada colonia. Solo ahí la política deja de ser espectáculo y se convierte en un compromiso real.



